Cada época cree vivir una anomalía política irrepetible. Sin embargo, basta mirar atrás, a la historia de la Antigua Roma, para descubrir que muchas extravagancias del poder ya habían sido practicadas hace dos mil años.
Lamentablemente no cuento con la erudición, la sensibilidad ni la capacidad de expresión de la admirada IreneVallejo, capaz de encontrar hasta el más pequeño atisbo de reminiscencia clásica en los acontecimientos, modas, personajes o lenguaje de nuestra cruda actualidad. Pero la cultura cinematográfica, televisiva y literaria de mi generación, ha hecho que conozcamos algunas singularidades de la biografía de muchos emperadores romanos, en especial de Calígula y Nerón. Personajes con comportamientos fácilmente identificables con los del 47 presidente de los Estados Unidos deAmérica.
Así, Calígula llegó a nombrar cónsul a su caballo Incitatus, quizá como burla hacia un Senado que ya no tenía poder real. El gesto era grotesco, pero también profundamente político: una demostración de que la autoridad imperial podía convertir cualquier capricho en ley.
Algo parecido ocurría con Nerón. Un emperador que cantaba en público, organizaba espectáculos interminables y cultivaba un culto a su propia personalidad que convertía Roma en un teatro permanente. El poder absoluto, cuando pierde sus límites, tiende a transformarse en representación.
Y ambos, Calígula y Nerón, fueron famosos por su crueldad y despotismo.
La historia romana está llena de estos momentos en que los emperadores descubrían que gobernar también era dominar la atención pública: sorprender, provocar, escandalizar. Por eso es fácil reconocer ecos clásicos en la forma de gobernar de Donald Trump —impulsivo, teatral, arrogante, belicoso… con escenificaciones públicas que difuminan la frontera entre gobierno y performance.
La escena del presidente Trump en el despacho oval, sentado, rodeado de pastores evangelistas que parecían ungirlo para la batalla como a un mesías; o Melania Trump participando en el Consejo de Seguridad de la ONU en representación de los Estados Unidos; o la llamada Junta de Pazde Gaza donde, ominosamente, EEUU y otros países títeres de sus intereses se reparten los posibles beneficios de la construcción de un resort de lujo allí donde se produjeron crímenes de guerra contra la población civil palestina; o la destrucción, en vivo yen directo, de lanchas de presuntos narcotraficantes, con la ejecución extrajudicial de sus ocupantes; o la recepción deshonrosa, con gorra de beisbol, a los féretros de los soldados norteamericanos muertos en la guerra contra Irán; o los negocios de su familia, los indultos a los criminales asaltantes del Congreso, su desprecio a las instituciones, su presunta participación en las bacanales de su amigo Epstein…, todo podía ser atribuido a un Calígula o a un Nerón moderno.
La historia no sólo nos narra el pasado, sino que nos advierte para el futuro. Lamentablemente no hemos aprendido la lección y permitimos, en el siglo XXI, que nos gobiernen déspotas y, lo peor, elegidos por sufragio universal.








