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| Ilustración de Clay Bennett - Fuente: Chattanooga Times Free Press (26/01/2026) |
A la vista de lo que está pasando en muchas partes del mundo, se habla mucho —y con razón— del riesgo de perder la democracia. Se alerta sobre el deterioro institucional, la erosión de la voluntad popular y la opinión pública en los procesos electorales mediante bulos y falsedades. Pero quizá el diagnóstico se queda corto. Lo que está en juego no es solo la democracia, sino también el Estado de Derecho. Y, donde aún existe, el propio Estado Social o Estado del Bienestar.
Cuando las reglas dejan de ser universales y pasan a aplicarse de forma selectiva; cuando la ley se convierte en un instrumento al servicio del poder y no en su límite; cuando los derechos se relativizan en función de la identidad, la lealtad política o la utilidad económica, la democracia ya ha sido vaciada por dentro. Puede seguir habiendo urnas, pero ya no hay garantías.
La deriva autoritaria que hoy encarnan los Estados Unidos bajo Trump no es un fenómeno aislado ni extravagante. Es un laboratorio. Un ensayo general de una nueva Edad Oscura política: menos derechos, menos ciencia, menos verdad compartida, menos protección social y más fuerza bruta, más dogma y más desigualdad aceptada como destino natural. No parece un mero retroceso puntual, un accidente, sino más bien un cambio de época.
En Europa, las derechas rancias y las ultraderechas no hacen sino allanar el terreno. Normalizan el discurso, desplazan el marco, trivializan el autoritarismo y presentan como sentido común lo que hace apenas unos años era inaceptable. Primero se cuestionan los derechos de algunos; luego, las garantías de todos. Primero se debilita el Estado social; después, el propio Estado de Derecho. La democracia, cuando llega el golpe final, ya está exhausta.
Quizá el mayor error sea creer que lo que se pierde puede recuperarse fácilmente. La historia enseña lo contrario: las edades oscuras no empiezan con tanques en las calles, sino con aplausos, indiferencia y resignación. Y cuando uno se da cuenta de que no solo ha perdido la democracia, sino la protección social y también la ley, suele ser demasiado tarde.

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